espacio interno

Cuanto más escribo sobre los procesos físicos más me cuesta separarlos de los anímicos o los sociales.

Por esto, casi sin darme cuenta, cuando uso la palabra cuerpo veo que le voy dando un significado más amplio. Ahora, cuando digo cuerpo, suelo referirme al entramado entre lo físico, lo emocional y, muchas veces, lo circunstancial. Por esto, cuando escribo sobre tejidos acabo hablando sobre emociones o situaciones, y a la inversa.

Así que, cuando digo espacio interno me refiero a algo muy físico, y algo muy emocional, y algo estrechamente ligado a lo social.

 

Para crear espacio interno no podemos solo estirar desde fuera. Ni solo ensancharnos por dentro.

Necesitamos aflojarnos desde muy adentro y permitir el contagio de esa soltura hacia la superficie. Es preciso que la suavidad se haga presente en los tejidos más internos, que contemplemos cómo va avanzando desde dentro hacia fuera y que lo facilitemos.

Contemplar es necesario. Da el tiempo preciso para que, junto a la suavidad, surja el punto justo de firmeza que da forma al espacio. Se trata de un movimiento fino en el que primero vas alternando el abandono con el estiramiento, hasta que la sucesión se hace tan cercana que resulta simultánea.

Ser blandos por dentro no suele asustarnos demasiado, ya nos encargamos de construir la coraza que nos protege. Pero un interior blando con un exterior rígido no suele dar sensación de espacio. Lo blando se queda aplastado y lo rígido se siente apretado.

Cuando conseguimos flexibilizar lo externo sin perder suavidad en lo interno empezamos a sentir amplitud. Amplitud en el movimiento, en la respiración, en la voz, en el ritmo. A esta amplitud le llamamos espacio interno.

 

Así que para conseguir espacio interno, la vía puede ser esta…

Aportar firmeza en las zonas blandas y flexibilidad en las rígidas.

Las zonas blandas necesitan pasar a ser suaves. La firmeza restará inevitablemente blandura, pero no suavidad. Y la suavidad, igual que lo blando, nos permite adaptarnos, acoger, sentir, dialogar. Pero, a diferencia de lo blando, también es capaz de mantenerse en su lugar, de actuar, de influir.

Las zonas duras necesitan pasar a ser firmes. La flexibilidad restará inevitablemente dureza, pero no firmeza. Y la firmeza, igual que lo duro, también nos aporta límites claros, protección, solidez, confianza. Pero, a diferencia de lo duro, nos permite adaptarnos, acoger, sentir, dialogar.

 

¿Y qué hay de mantener el espacio interno en las relaciones?

El equilibrio, al que llegamos con este juego en lo corporal que nos permite entrar en contacto y ensanchar nuestro espacio interno, puede verse alterado cuando el otro también entra en escena.

Cada relación, cada situación, nos pedirá una nueva reorganización para seguir sintiendo esa amplitud.

Cuando coexisten la capacidad de estar en contacto profundo con el otro y la fidelidad a uno mismo aparece la sensación de tener el espacio interno suficiente y necesario.

Necesitamos sentir, comprender y actuar. Si siento y no comprendo me asfixio, si comprendo pero no puedo hacer nada me ahogo.

Diríamos que esta sensación de amplitud sucede cuando en ese espacio, en el que conviven mis necesidades y las del otro, existen las condiciones que me permiten la sensación, la comprensión y la acción. Cuando entre nosotros y en cada uno existen la suavidad y la firmeza que nos permiten respirar profunda y libremente.

 

Tere Puig