Hay aspectos del trabajo somático que requieren entrenamiento y no suelen aparecer de manera espontánea.

La manera de observar.
La manera de pensar (no lo que pensamos, si no cómo lo pensamos).
La manera de tomar decisiones.

Desarrollarlos o no cambia por completo nuestra forma de acompañar los procesos de salud.

La manera de observar

No observamos igual si vamos a buscar setas que si vamos a conocer el bosque.

Cuando buscamos setas, el bosque puede pasar desapercibido. Y podemos volver sin haber encontrado ni una.

No toda observación informa y, menos aún, regula.

Cuando acompañamos observando para confirmar algo que creemos haber comprendido, porque en algún momento pensamos que ya sabíamos lo que ocurría, la observación suele introducir tensión, exigencia o urgencia de cambio. Y es probable que terminemos sin encontrar nada.

Por el contrario, cuando observamos para conocer, la observación suele introducir confianza, curiosidad, colaboración y apertura. En estas condiciones, la probabilidad de que emerja información de valor se incrementa.

¿Qué necesitamos para una observación orientada al conocimiento?

Capacidad para sostener la incertidumbre.
Un neocórtex suficientemente humilde como para no aferrarse a sus conclusiones.

Esto, si no está presente, se aprende y se ejercita.

La manera de pensar

En muchos contextos, también en el de la salud, pensar bien una situación suele asociarse con poner toda la información disponible sobre la mesa para tener una visión global. Y, así, poder tomar decisiones lo más adecuadas posible a nuestros propósitos y lo más coherentes posible con los recursos disponibles.

Sin embargo, en el trabajo somático aparece un matiz que no siempre es evidente: la información no se pone simplemente sobre la mesa para ser analizada.

La dejamos circular en el cuerpo. Permitimos que se actualice y que se teja con las nuevas informaciones que aparecen durante la reflexión.

Estamos conociendo el bosque.

El intelecto no es el director, está al servicio del proceso: observa, organiza para comprender, se asombra al detectar lo que no encaja.

Es la inteligencia corporal la que muestra, sugiere y orienta. El intelecto participa organizando y dando forma a aquello que emerge.

Esto cambia por completo nuestra manera de comprender lo que observamos, los diagnósticos y las soluciones que ofrecemos.

Cuando la información aún no está definida

En la práctica, lo que está ocurriendo no siempre se presenta de forma clara. No llega como un dato cerrado, ni como un patrón reconocible desde el inicio.

En esta forma de pensar, con todo el cuerpo, lo que estamos observando aparece de manera progresiva, a veces ambigua y a veces contradictoria. Y no siempre encaja con lo que ya sabemos.

Ahí es donde se abre una dificultad específica del trabajo somático:

Aprender a sostener la incertidumbre y, aun así, seguir caminando y tomando decisiones, ahora con la certeza de que nunca tendremos toda la información.

E igual que hemos aprendido a pensar de un modo, también es posible aprender a pensar de otro.

¿Vale la pena hacerlo?

Para responder a ello necesitamos saber qué ocurre cuando no lo hacemos, cuando seguimos pensando sólo con el intelecto.

Cada vez que digo “esto ya lo sé”, cierro toda entrada de información. Todo lo que aún no había expresado el proceso que exploramos quedará escondido.

Tanto nuestro diagnóstico como nuestra comprensión serán parciales. Y las soluciones que ofrezcamos también.

La manera de decidir

Las decisiones no son sólo teóricas, surgen de la exploración de la experiencia y se actualizan con ella. No decidimos para confirmar una hipótesis previa, sino para seguir conociendo y ofrecer los acompañamientos más adecuados.

Aprendemos a esperar al momento adecuado para tomar decisiones. Si no sabemos qué hacer, no hacemos nada. Seguimos en lo que estábamos: observando y explorando lo que ocurre.

Aquí, el pensamiento deja de ser algo que se impone sobre el proceso para convertirse en algo que se organiza con él.

Lo que ocurre cuando en un trabajo somático todo esto no está presente

Cuando esta forma de trabajar no está suficientemente asentada o no nos ocupamos de mantenernos en este enfoque, es fácil que el pensamiento se adelante o se desconecte de lo que está ocurriendo.

Y aunque utilicemos lenguaje, conceptos o prácticas somáticas, el cuerpo sigue quedando fuera. La probabilidad de que nuestra comprensión sea parcial y que no nos demos cuenta de ello será alta. Y esto influye afecta a quienes acompañamos.

Lo que no se puede improvisar

Por eso, en el trabajo somático, hay cosas que no se pueden improvisar.

No porque sean complejas en sí mismas, sino porque requieren tiempo, práctica y contraste con otras personas.

Desarrollar y sostener una percepción afinada y una forma de pensar arraigada en la experiencia, capaces de sostener una observación y una acción somática, no suele ocurrir en solitario ni de manera espontánea.

Se entrena y se mantiene integrada sin prisa, en relación, en diálogo, en procesos compartidos.

Tere Puig