Hay supuestos sobre la salud que no solemos cuestionar porque que pensamos que funcionan… hasta en algún momento dejan de hacerlo.

Pero está tan integrados en cómo pensamos, que preferimos justificar «el fallo» que revisar la idea que lo sostiene.

Sin embargo, evitar la revisión condiciona profundamente las decisiones que tomamos.

Por ello, hoy vamos a detenernos en algunas de estas «verdades» sobre la salud, vamos a dar el primer paso para revisarlas: nombrarlas.

1. Hacer algo siempre es mejor que no hacer nada

Ante cualquier molestia, aparece la necesidad de actuar.
Y no siempre es porque sepamos qué está ocurriendo y qué hacer para solucionarlo. Muchas veces el impulso de actuar llega, sencillamente, porque cuesta sostener la incertidumbre.

Hacer, nos calma. Nos da la sensación de que controlamos la situación.

Pero en muchas ocasiones, actuar no responde a lo que el cuerpo necesita, sino a lo que nosotros necesitamos sentir.

Un ejemplo de ello es el cansancio. La respuesta inmediata suele ser intentar eliminarlo: vitaminas, café, terapia… Pocas veces nos detenemos a observar ese cansancio con calma para comprender su lógica o abrirnos a dejar de hacer aquello que lo provoca.

2. Respetar al cuerpo es no intervenir

En el otro extremo, hay una idea que parece más afinada: respetar.

Sin embargo, muchas veces lo que llamamos “respetar” es simplemente no saber cómo actuar. O incluso evitar una decisión.

Podríamos decir que respetar al cuerpo es ofrecerle lo que necesita en cada momento. Y eso, a veces, implica intervención y, otras veces, espacio para que pueda reorganizarse por sí mismo.

Frente a una infección, intervenir cuando el cuerpo puede resolverla por sí solo puede debilitarlo. Pero no intervenir cuando ha perdido su capacidad de respuesta puede ser fatal.

Aquí el problema no es intervenir o no intervenir, sino reconocer si detrás de una u otra opción hay una decisión o una respuesta automática.

3. Observar es una posición neutral

Observar también es una acción. Y no siempre es inocua.

Hay formas de observar que añaden tensión, que intensifican lo que ya está presente, o que introducen una exigencia silenciosa de cambio. No toda observación abre espacio.

Cuando voy a consultar por un dolor de cabeza, quien me «observa» puede centrarse en buscar un problema o en examinar la situación. Y este matiz puede cambiar por completo mi experiencia con el dolor de cabeza y hacia donde me lleva.

 

4. Entender es necesario para resolver

Cuando algo aparece en el cuerpo, tendemos a buscar explicaciones: ¿Qué lo ha causado? ¿Con qué lo relaciono? ¿Por qué ha sucedido?

Y aunque esto puede ser útil, no siempre es lo que el proceso necesita. Hay momentos en los que el intento de comprender se adelanta a la experiencia.

Cuando eso sucede, cuando nos avanzamos, dejamos de percibir lo que está ocurriendo para empezar a interpretarlo. E interpretar sin toda la información que necesitamos para hacerlo es una de las fuentes de errores de diagnóstico.

Todas hemos vivido problemas de salud que un día aparecen, nos acompañan durante un tiempo y luego desaparecen. Nunca supimos que ocurrió, pero aquí estamos y aquello se resolvió.

No es magia, es que aún hay muchos procesos corporales que desconocemos completamente. Pero esto no significa que no existan o que no sean eficaces.

 

5. El conocimiento es suficiente para decidir

Formación, protocolos, experiencia previa… Todo eso es valioso e impresindible.

Pero cuando se aplica sin una percepción actualizada de lo que está ocurriendo, nuestra acción puede no tener efecto. Porque se produce fuera de la realidad concreta del proceso.

Aconsejar yoga a una persona con dolencias vinculadas al estrés puede ser una recomendación bien intencionada.
Pero quizá resulte completamente ineficaz si quien lo aconseja desconoce qué tipo de práctica va a realizar esa persona.
O si ni siquiera ha verificado si alguien con síntomas habitualmente asociados al estrés está realmente viviendo un estado de estrés.

6. Curarse es volver a la normalidad

Este es uno de los supuestos más arraigados: que la salud consiste en recuperar un estado anterior.

Pensamos la curación como un regreso: volver a ser quienes éramos antes de la enfermedad, recuperar el estado anterior, restablecer la normalidad.

Pero muchos procesos de salud no funcionan así. Como nos dice Jader Tolja en su libro «La enfermedad inteligente», la enfermedad es parte de un proceso de cambio. El organismo está bucando la manera de salir de una estrategia de vida que lo está desgastando.

Hay experiencias que modifican profundamente nuestra manera de percibir, de pensar, de relacionarnos o de vivir el cuerpo.
Y cuando intentamos volver exactamente al lugar del que partimos, a veces entramos en conflicto con el cambio que ya se ha producido.

Ninguno de estos supuestos es evidente mientras estamos dentro de ellos. Porque están sostenidos por ideas que tienen sentido y que, en muchos contextos, pueden resultar útiles.

Por eso no se trata de sustituir unas ideas por otras, sino de empezar a reconocer cuándo dejan de sernos útiles y porqué.

Porque entre lo que creemos que debería ocurrir  y lo que está ocurriendo realmente, a veces hay una distancia  significativa que pasa desapercibida.

Y es ahí donde muchas decisiones en salud empiezan a perder precisión.

Tere Puig