Durante el mes de mayo dedicamos las publicaciones de Instagram a explorar los vínculos desde la educación somática.

Aparecieron numerosos comentarios describiendo experiencias muy concretas que nos permiten ir respondiendo de manera concreta a qué significa pensar los vínculos con todo el cuerpo.

Cuando el cuerpo entra en la conversación

Una persona decía que, en determinadas relaciones, sentía cómo el abdomen se encogía, la respiración se aceleraba y la mandíbula adquiría un peso difícil de explicar. Otra hablaba de tensión en los hombros, de rigidez en el cuello o de dureza en el diafragma. También aparecieron experiencias que describían un pecho que encontraba más espacio, una respiración que se hacía amplia sin proponérselo o una sonrisa que surgía sin esfuerzo.

A tener en cuenta…

Cuando empezamos a observar este tipo de experiencias conviene evitar dos movimientos muy habituales.

  • El primero consiste en interpretarlas demasiado deprisa. Pensar, por ejemplo, que cuando el cuerpo parece abrirse el vínculo necesariamente nos conviene y que cuando parece cerrarse nos está dañando. Llegar a esa conclusión demasiado pronto impide que la experiencia siga desplegándose y pueda mostrarnos aspectos que todavía no conocemos.
  • El segundo consiste en dar por supuesto que ya sabemos lo que significan expresiones tan habituales como abrirme o cerrarme en una relación.

La comprensión empieza a cambiar cuando esas palabras dejan de funcionar como una explicación y se convierten en el punto de partida de una observación más precisa.

  • ¿Qué estoy pensando cuando siento que me cierro o me abro?
  • ¿Qué emociones están presentes?
  • ¿Qué está ocurriendo en el vínculo?
  • ¿Y cómo sucede exactamente ese cerrarme o abrirme en mi cuerpo?

Cuando formulamos preguntas como estas, la reflexión deja de limitarse a poner nombre a un estado emocional. Comienza a hacerse visible la manera en que el organismo entero se organiza en ese vínculo. Esa nueva información transforma también la comprensión que tenemos de él y empezamos a comprender las relaciones de otro modo.

Y esa diferencia no es menor.

Durante mucho tiempo hemos confiado en que comprender mejor una situación dependía, sobre todo, de profundizar y ordenar lo que pensábamos sobre ella. Sin embargo, cuando la percepción empieza a ampliarse, entra en la experiencia una información nueva que transforma también la manera de pensarla.

No porque el cuerpo venga a sustituir al pensamiento, sino porque aporta nuevos datos que pasan a formar parte de nuestras reflexiones.

El vínculo como una forma de organización

En una de las conversaciones surgió una pregunta que me pareció especialmente reveladora.

Después de describir cómo cambiaba el cuerpo en determinados vínculos, una persona me preguntó si aquello significaba que el cuerpo se adelantaba a la mente.

La pregunta resulta completamente natural si pensamos que durante siglos hemos aprendido a considerar cuerpo y mente como dos entidades separadas que deben coordinarse. Cuando observamos un cambio corporal tendemos a preguntarnos cuál de las dos ha iniciado el proceso.

Sin embargo, prestar atención a la propia experiencia probablemente nos lleve a contemplar otra posibilidad.

En algún momento se hace difícil establecer un orden cronológico entre las acciones de lo que llamamos mente y las de lo que llamamos cuerpo. Lo que empieza a hacerse evidente es la experiencia de un único organismo organizándose de una determinada manera en una situación concreta.

Desde esta perspectiva, la respiración que cambia, el abdomen que se contrae o el pecho que encuentra amplitud dejan de ser simples reacciones corporales. Tampoco constituyen explicaciones de lo que está ocurriendo. Son algunas de las formas en que esa organización se hace visible.

Cuando comenzamos a observar desde ahí, el cuerpo deja de ser un lugar donde buscar síntomas o señales para convertirse en un espacio donde la experiencia puede mostrarse con una precisión extraordinaria.

Ampliar el significado de la palabra vínculo

Quizá una de las consecuencias más interesantes de hacer partícipe al cuerpo en la reflexión sobre los vínculos sea que la propia palabra comienza a tener significado y sentido en diferentes ámbitos de la vida.

Con frecuencia la utilizamos únicamente para hablar de relaciones entre personas.

Sin embargo, basta atender durante unos instantes a nuestra experiencia para advertir que vivimos vinculándonos continuamente a muchas otras realidades.

Nos vinculamos con los espacios que habitamos. Hay lugares donde nuestra atención cambia nada más entrar, donde la respiración encuentra otro ritmo o donde el cuerpo parece disponer de más posibilidades de movimiento. Los espacios nos organizan de maneras muy diferentes, aunque no siempre sepamos explicarlo.

Nos vinculamos con nuestras creencias. Basta observar cómo cambia nuestra presencia cuando pensamos que somos reconocidos y cómo se modifica cuando creemos que no lo somos. El pensamiento cambia, sí, pero también cambia el tono muscular, la disponibilidad para actuar, la forma de respirar e incluso la manera de mirar.

Nos vinculamos con la naturaleza, con los objetos, con el tiempo, con aquello que recordamos y con aquello que imaginamos.

La educación somática recupera formas de conocimiento que con los años se fueron relegando progresivamente. La percepción vuelve a formar parte de nuestros procesos de aprendizaje y de comprensión del mundo y de quienes somos.

A medida que esto ocurre, comienza a hacerse perceptible una red de relaciones mucho más extensa de la que normalmente advertimos.

Y, cuando esa red empieza a mostrarse, resulta difícil no preguntarse si siempre había estado ahí.

¿Y si los vínculos no fueran algo que creamos?

¿Y si nuestra tarea consistiera, sobre todo, en aprender a reconocer la inmensa trama de relaciones en la que el cuerpo que somos ha estado siempre viviendo?

Hay expresiones que utilizamos con tanta naturalidad que dejan de llamar nuestra atención. «Crear un vínculo» es una de ellas.

Decimos que dos personas crean un vínculo, que un vínculo se rompe o que deja de existir y rara vez nos detenemos a preguntarnos si la experiencia coincide realmente con esas expresiones.

Sin embargo, cuando la percepción empieza a ampliarse, descubrimos la cantidad de relaciones que ya estaban actuando antes incluso de que fuéramos conscientes de ellas.
Y la manera de comprender los vínculos como algo que inicia y termina comienza a resultar insuficiente.

No porque aparezca una teoría distinta, sino porque la propia experiencia empieza a señalar algo que antes permanecía en un segundo plano.

Lo que empieza a plantearse es que quizá los vínculos no sean algo que creamos, sino algo en lo que ya estamos.

No propongo esta idea como una afirmación que haya que aceptar, sino como una posibilidad que merece ser explorada.

Porque, cuando permanecemos durante un tiempo en ella, empiezan a aparecer preguntas diferentes.

Quizá el trabajo no consista tanto en aprender a construir vínculos cómo en afinar una percepción capaz de descubrir la inmensa red de relaciones que ya sostiene nuestra vida. Una red que no comienza cuando la pensamos y que tampoco desaparece cuando dejamos de nombrarla.

Tere Puig