Empece a comprender el valor del embodiment en el aprendizaje cuando enseñaba yoga a los niños desde un enfoque somático.

No les enseñaba la postura del árbol para que desarrollaran el equilibrio.

Los invitaba a ser árboles con todo el cuerpo, a encarnar lo que para ellos era un árbol.

Esto me permitía acceder a su mundo: a cómo están en él, cómo lo comprenden y cómo lo narran.

Para ellos, la práctica se convertía en una validación de su experiencia vital y en una oportunidad de explorar sus recursos corporales para expresar y elaborar todo su conocimiento. En ese caso, sobre los árboles, su vínculo con ellos y el propio cuerpo.

El yoga, la postura, dejaba de ser un fin en sí misma o un medio para conseguir una habilidad física, mental o emocional determinada.

Se convertía en un espacio de exploración y expresión a través de la práctica del embodiment: una forma de relacionarnos con la experiencia.

La seguridad es la única condición necesaria

 

Entrar en la experiencia requiere la activación sensorial.
Y no existe una única forma correcta de hacerlo.

Movimiento y quietud pueden ser marcos igualmente válidos para despertar la percepción y permitirnos elaborar conocimiento a partir de ella.

Lo determinante no es la forma externa de la práctica, sino el grado de seguridad que el contexto genera en el sistema nervioso.

Cuando el organismo percibe seguridad, aumenta su capacidad de captar, integrar y elaborar información sensorial. También de evocar las experiencias que despiertan y nutren nuestras vías sensoriales.

¿Cómo podría hacer presente y ser el árbol que tanto amo si siento el miedo de la burla, el desprecio o la negación de mi experiencia?

Con los niños esto era muy claro: cuanto más me interesaba por sus experiencias y reflexiones, más sensitivos y expresivos se volvían sus organismos.

Cuanto más pautaba las acciones, más dificultades aparecían en la gestión de la atención y el movimiento.

Y algo interesante ocurría: cuando la escucha sustituía a la pauta, la ausencia de pauta no generaba desorden. Generaba mayor capacidad de atención y de organización de la experiencia.

 

Embodiment no es un logro

 

Embodiment no es un estado que se alcanza.

Es una forma de relacionarse con una misma y con lo otro.

Es la capacidad de ser cuerpo en relación: perderse y volver, dudar entre imaginar y percibir, afinar progresivamente la experiencia.

Es poder ser árbol y, al mismo tiempo, reconocer que eres alguien que comprende siendo.

Alguien que puede imaginar sin ser, ser sin imaginar y ser imaginando.

Alguien que puede no darse cuenta de que está siendo.

Y que puede ir y venir entre todos esos estados, y entre otros que todavía no sabemos nombrar.

Cuando nos permitimos ese movimiento que la mente no termina de comprender, la presencia deja de ser un esfuerzo.

Aparece, sencillamente, como una función viva.

Una función viva profundamente involucrada en el aprendizaje

 

Hay veces que, simplemente, no soy capaz de encarnar un árbol.
O el dolor que me atraviesa.
O la alegría.

Porque el embodiment también tiene sus razones.

Cuando dejamos de intentar estar más en el cuerpo para escuchar cómo el cuerpo regula su propia forma de estar en el mundo, el embodiment empieza a desplegarse como una de nuestras principales vías de aprendizaje: la de la experiencia somática.

Tere Puig