Texto del libro La malattia intelligente (La enfermedad inteligente), de Jader Tolja y Divna Slavec

Los dos juegos

El inicio, el curso y el resultado de una enfermedad se desarrollan en dos dimensiones.

La externa, que se refiere principalmente a parámetros y protocolos, y que está formada por elementos tangibles como visitas, pruebas, diagnósticos, medicamentos e intervenciones. Y la interna, que es menos visible y cuantificable, y que tiene que ver con la dinámica interna y el proceso personal del individuo.

Todos sabemos cómo funciona el juego exterior.

Surge cuando aparece un síntoma o comprobamos que algún parámetro, por ejemplo el colesterol o la presión arterial, no se corresponde con lo que esperamos. Entonces, intentamos hacer desaparecer el síntoma y/o devolver los parámetros a los valores anteriores. Si tenemos éxito lo consideramos una cura. Si fallamos, se vuelve crónico. Para lograr este objetivo, muchas veces se crean otros síntomas y se alteran otros parámetros, pero en la medida en que no se detecten o se correlacionen con los anteriores, la persona se considera igualmente curada.

El juego interior, por el contrario, funciona de un modo completamente diferente.

En primer lugar, no ocurre por casualidad, sino que sirve para dar expresión a un aspecto de nosotros mismos que no es contemplado por la mente. Por eso comienza antes y a un nivel más profundo que el externo. Aquí el propósito del cuerpo es conseguir que la mente pase de ser un impedimento para la expresión de algún aspecto de nosotros mismos, a ser un aliada en este proceso. Así que la curación no es, como en el juego externo, volver a ser el mismo de antes, sino todo lo contrario: nos curamos en la medida en que la enfermedad nos ha cambiado.

Todas las medicinas siempre han dado por sentado que estas dos dimensiones estaban correlacionadas entre sí y que, por lo tanto, en el juego de la salud participaban inevitablemente ambas.

En un momento histórico particular, esto era obvio también para la medicina en Occidente independientemente del apoyo oficial que tuviera. La persona que brindaba cuidados, como un médico de familia o un médico local, conocía tanto la historia clínica de las personas que estaba cuidando como la existencial. Pensemos, por ejemplo, en la expresión «murió de pena», que ciertamente ya no figura entre las causas de muerte, aunque en muchos casos sigue siendo el verdadero motivo.

Luego, a partir de la década de 1950, hubo un aumento exponencial de la información médica relacionada con el juego externo.

Un estudio de 2011(1), por ejemplo, documentó cómo dicha información se había duplicado cada 50 años en 1950, cada 7 años en 1980 y cada 3,5 años en 2010. Otro estudio de 2022(2) calculó que un médico tendría que dedicar 27 horas diarias a la profesión para mantenerse actualizado. Poco a poco esta masa ilimitada de información relativa exclusivamente al juego externo ha saturado la atención de nosotros los médicos. Y hemos llegado, así, a ignorar la existencia del juego interno y a creer que sólo existe el externo. De esta manera se ha vuelto cada vez más difícil obtener una visión de conjunto.

Si por motivos personales o profesionales sentimos la necesidad de recuperar esta visión, también necesitamos reconocer el juego interior. La forma más sencilla de hacerlo es mirar lo que sucede no desde el punto de vista mental, sino desde el punto de vista de quien realmente crea este juego, es decir, el cuerpo. 

Jader Tolja

1. P. Densen, Challenges and Opportunities Facing Medical Education, « Tran- sactions of the American Clinical Climatologica Association » 122 (2011): 48-58.

2. Esta es la conclusión a la que llega el estudio publicado en la revista científica « Journal of Internal Medicine », J Gen Intern sz, 2023 Jan; 38 (1): 147-155. Doi: 10.1007/s11606-022-07707-x. Epub 2022 Jul 1.