La mayoría de nosotros hemos experimentado la fuerza con la que un niño pone límites. Lo que llamamos la etapa del no, y que la mayoría de nosotros también habremos pasado.

En nuestra sociedad es una etapa que suele generar angustia. El niño está cuestionando tu autoridad. Imagínate.

Creo que estaremos de acuerdo en que hay una cierta prisa en que los niños «superen» esta etapa. Y pienso que, con excelentes intenciones o por instinto de supervivencia, perdemos la oportunidad de oro que este primer ensayo con el manejo de los límites le aporta al niño: el encuentro con su propia fuerza.

 

Cuestionemos algunas de nuestras actitudes

Antes de llegar a la etapa que comentamos, ya vamos yendo al encuentro de la fuerza que nos habita. Y el cómo reacciona nuestro entorno a ello puede tener una gran influencia en nuestros siguientes pasos.

¿Qué ocurre cuando al estar con un niño…?

  • nos avanzamos a él para levantarlo del suelo;
  • le sostenemos de sus manos para «enseñarle» a caminar;
  • nos mostramos tristes o enfadados cuando nos aparta empujándonos, para hacerle desistir.

Observando estas situaciones desde un punto de vista puramente corporal, podemos decir que le estamos privando de una oportunidad para descubrir la fuerza y solidez de sus huesos. La que experimentaría al empujar el suelo para levantarse, o para dar un paso adelante, o para mantenerse alejado de nosotros.

Quizá no parece muy grave. Pero si son situaciones que se repiten constantemente, puede serlo.

 

Es imposible que la palabra fuerza haga solo referencia a nuestro cuerpo físico

Porque al mismo tiempo que encontramos la fortaleza en nuestros huesos, conocemos la fortaleza de nuestro espíritu.

Cuando me levanto, no solo levanto mi carne y mis huesos, me levanto toda yo. Cuando doy un paso hacia delante, no avanza solo mi cuerpo, avanzo entera. Cuando te aparto de mi, cuando te digo basta, no pongo distancia solo entre nuestras pieles, me alejo con todo lo que soy.

Esa fuerza física que uso para cada una de estas acciones es inevitablemente proporcional a la fuerza emocional y anímica que las provocan y  las sostienen.

Cosas del sistema nervioso y la naturaleza humana.

 

Qué nos pasa si no nos hemos sumergido corporalmente a fondo en estas experiencias de fuerza

Decía que puede ser grave porque esa fortaleza corporal y de espíritu nos puede hacer falta en cualquier momento y, a veces, de manera urgente. Si no conocemos el acceso directo a ella, quizá no dispongamos del tiempo para encontrarla en ese preciso instante.

Si de pequeños se nos ha privado de estas experiencias, es posible que de adultos no hayamos tenido muchas oportunidades para recrearlas. A menos que en nuestro día a día haya una buena dosis de tareas físicas, lo cual es poco frecuente en sociedades como la nuestra.

Pero siempre estamos a tiempo de hacerles un hueco, ahora, por ejemplo.

 

¿Puedo solucionar mis problemas para poner límites gracias al trabajo corporal?

Los conflictos con el poner límites tienen un factor cultural enorme. Están relacionados con lo que yo considero que es correcto o no y lo que mi cultura considera. Yo no le dejaría entrar en casa porque no me gusta su compañía, pero no está bien visto que no permita la entrada a alguien de la familia, por ejemplo.

 

Siendo así ¿qué papel juega el cuerpo?

El trabajo corporal nos puede ayudar en dos aspectos muy concretos. Que de no atenderlos, nos pueden mantener atrapados en esa disyuntiva:

  • Por un lado, el estar en contacto con el propio cuerpo, las propias sensaciones, me ayudará a identificar con claridad mi incomodidad.
  • Por otro lado, y una vez decidido que quiero ordenar la situación, me puede ayudar a conectar con la fuerza que voy a necesitar para hacerlo.

Pero aun hay algo más que el trabajo corporal puede aportar en este proceso.

Entre estos dos pasos hay siempre una decisión. Y es importante tener presente que esa decisión, de decir o no decir basta, no depende solo de ser consciente de la opresión y de tener la fuerza para frenarla.

 

La decisión de cambio 

Por los inevitables lazos entre nosotros y la cultura que nos envuelve, y viceversa, decir basta trae consigo unas consecuencias que modificarán nuestra vida en mayor o menor grado. Y la capacidad de intuir e integrar esos cambios determinará la decisión que tomemos.

De nuevo el trabajo corporal puede ser de gran ayuda.

Para cuidar y desarrollar estas capacidades de previsión e integración, el desarrollo de nuestras habilidades perceptivas es esencial.

El trabajo corporal centrado en la percepción nos entrena a ir más allá de lo que pensamos de nuestra realidad, para estar en ella de una forma cada vez más amplia. Porque la realidad no es solo lo que vemos, ni lo que oimos, ni siquiera lo que tocamos.

Realidad también es lo que me ocurre en el vientre cuando algo aparece en mis pensamientos. Y que, quizá, después se me muestra en forma de sueño o de palabras en boca de un amigo.

Y no sigo, que me voy por otros terrenos.

 

Sí, a decir basta se aprende con el cuerpo

Lo que quería decir es que construir la experiencia frente al límite, para aceptarlo o ponerlo, sin involucrar al cuerpo en ello, es construir una estrategia extremadamente frágil. Es un discurso que caerá cada vez que encuentres a un comunicador más convincente que tú.

Cuando involucras al cuerpo para decir basta, no hay duda ni confusión. 

 

Tere Puig