“Todos los seres viven impulsados
por el anhelo de desplegar su vitalidad”.
Andreas Weber
Antes de seguir leyendo, te propongo algo sencillo.
Cierra los ojos un momento. Respira.
¿Qué estás sucediendo ahora en el cuerpo?
Tal vez un suspiro profundo, un leve calor o quizás empieza a dibujarse una sonrisa.
La vitalidad, si la dejamos expresarse, se manifiesta como un lenguaje corporal sutil y profundo.
Vitalidad no es sinónimo de actividad y tiene algo importante que decirte
No siempre se trata de acción, velocidad o productividad. Eso es lo que nuestra cultura valora y espera.
Sin embargo, si prestamos atención, veremos que la vitalidad también se manifiesta en la calma, en esos momentos en los que la respiración se hace más profunda o cuando el pensamiento se aquieta.
La vitalidad no es una energía que empuja; es una brújula que orienta continuamente. Nos dice por dónde ir, qué decisiones son sostenibles, qué dirección nos permite vivir en consonancia con nuestros anhelos profundos.
Percibir antes de actuar
Antes de lanzarte a cumplir tareas o propósitos, obsérvate.
Siente tu respiración, el contacto de tus pies con el suelo.
Lee tus tareas pensando en hacerlas… y también en no hacerlas.
Pequeña práctica
Toma tu lista de tareas y léelas dos veces:
– una pensando que hoy las harás,
– otra pensando que hoy no las harás.
Observa qué sucede en tu respiración y en tu postura en ambos casos.
Nota qué tareas te generan tranquilidad y cuáles inquietud.
Ajusta tu día teniendo también en cuenta la información que te brindan tus sensores.
Percibir el cuerpo te ayuda a priorizar desde la vitalidad, no desde la presión.
Algunas tareas pueden esperar; otras te dan energía para avanzar.
La inteligencia que nos cuida vive en el cuerpo
Lo que nos orienta hacia la vida no son agendas ni ideales externos: es la inteligencia que habita en el cuerpo.
Esta inteligencia no negocia con expectativas ni juicios. Sólo responde a algo básico: sostener lo vivo.
Recuperar el contacto con ella requiere práctica y, sobre todo, comunidad.
Compartir experiencias nos ayuda a reconectar con nuestra brújula interna y a confiar, poco a poco, en lo que el cuerpo ya sabe.
Conectar con la que sabe en ti
(la que se expresa en la respiración, en los gestos, en el tono interno)
Desplegar nuestra vitalidad no es un acto heroico ni un estado permanente de entusiasmo.
Se trata de un proceso de constante atención y reajuste.
Notar un suspiro, percibir un gesto de relajación o dejar que una respiración oriente decisiones grandes y pequeñas.
Percibir el cuerpo, la carne y toda la información que la atraviesa, y permitir que nos guíe para ajustar nuestras decisiones a esa orientación interna, nos abre a una forma de vivir cada vez más cercana y respetuosa con lo que en cada momento somos.
La vitalidad te está esperando en algún lugar de tu cuerpo.
Abajo te dejo una práctica somática breve para entrar en contacto con ella y seguir cultivando esta escucha. Y también la información del próximo curso sobre vitalidad en Milán.
Si quieres saber más, necesitas un acompañamiento o una práctica sostenida en comunidad, sabes que puedes escribirme.
Tere Puig

Gracias querida Tere,
Me recuerdas que sigo pensando en que cultivar la vitalidad es un buen propósito y motor en mi trabajo.
Escribo esto y me pregunto por qué sería necesario, llegan entonces: suspiro, respirar profundo, cómo si todas las células sólo dijeran: «charlemos».