lo que dice el cuerpo

Frente a cuestiones vitales o transcendentes, como la felicidad, se hace evidente que nuestro discurso intelectual es extremadamente pobre

 

La idea de que se piensa con la cabeza y se siente con el cuerpo ya ha sido superada, la realidad es mucho más compleja y apasionante. Ahora toca vivir teniendo en cuenta esta nueva y más amplia mirada: también pensamos y decidimos con el cuerpo.

Esta historia, excelentemente narrada por De Botton, nos muestra cómo el cuerpo, la mente y el entorno son cómplices en la comprensión y el desarrollo de la vida y de uno mismo. Toca una de esas palabras que pierden significado por exceso de uso. Y que, sin embargo, solemos poner en el centro de nuestras vidas.

 

¿A qué nos referimos cuando decimos que buscamos la felicidad?

 

– ¿No es maravilloso? -observé en tono lírico.

 

– ¿No lo es? -repitió Chloe.

 

– ¿Qué? ¿Lo es o no? -bromée.

 

– ¡Sssh, que lo echarás todo a perder!

 

– No, hablo en serio, es realmente maravilloso. Nunca habría imaginado que existiese un lugar como este. Parece tan apartado de todo, como un paraíso que nadie se molestaría en arruinar.

 

 

 

– Podría pasar aquí el resto de mi vida -suspiró Chloe.

 

– Yo también.

 

– Podríamos vivir juntos aquí, yo me ocuparía de la cabras y tú de los olivos, escribiríamos libros, pintaríamos y…

 

– ¿Te sientes mal? -pregunté al ver que Chloe hacía una mueca de dolor.

 

– ¡Pues sí! ¡No sé que me pasa! Me ha entrado un dolor de cabeza atroz, siento unos latidos terribles. Es probable que no sea nada ¡Oh! ¡Mierda! ¡Ya empieza otra vez!

 

– ¡A ver!

 

– No notarás nada, es algo interno.

 

-Ya lo sé, pero déjame tocar.

 

-¡Oh! Será mejor que me acueste. Quizá sea el viaje, o la altura, o qué se yo… Mejor me voy a la cama. Tú quédate aquí. Ya se me pasará.

 

El doctor Saavedra era de una solemnidad excesiva para ser médico rural. Llevaba un traje de lino blanco, había estudiado un semestre en el Imperial College durante los años cincuenta, era un enamorado de la tradición teatral inglesa y pareció encantado de acompañarme a casa y asistir a la joven que había caído enferma nada más iniciar su estancia en España. Cuando llegamos a Aras del Alpuente, Chloe no había experimentado ninguna mejoría. La dejé sola con el doctor y esperé, presa de un gran nerviosismo, en la habitación de al lado. Saavedra reapareció a los diez minutos.

 

– No hay porqué preocuparse.

 

– ¿Se pondrá bien?

 

– Sí, amigo, mañana estará bien.

 

– ¿Qué es lo que tiene?

 

– Es una especie de anhedonia, ¿qué creía usted que era? Nada especial, dolor de estómago y jaqueca, algo muy común entre los turistas que vienen por estos pagos. Le recetaré unas tabletas.

 

El doctor Saavedra diagnosticó un caso de anhedonia, una enfermedad definida por la Asociación Médica Británica como una reacción muy similar al mal de altura, provocada por el terror repentino que produce la amenaza de la felicidad.

 

Era una enfermedad muy corriente entre los turistas que visitaban esa región de España y se percataban súbitamente, en aquel escenario idílico, de que la felicidad terrenal se hallaba a su alcance, cosa que les producía una violenta reacción fisiológica destinada a contrarrestar dicha posibilidad.

 

 

A. De Botton del libro Del amor