La presencia como relación, no como objetivo

Embodiment puede entenderse como la capacidad de mantener una relación viva con la experiencia corporal.

No es necesariamente una técnica ni un estado que deba alcanzarse de forma permanente.

Desde esta perspectiva, la presencia no se presenta como un mandato, sino como un fenómeno regulatorio de los organismos vivos.

Podemos pensar que el sistema nervioso no está orientado a sostener una máxima intensidad perceptiva de manera continua, sino a favorecer la variabilidad y la adaptación al contexto.

La vida se expresa en la flexibilidad de los estados de atención y en la posibilidad de ajustar el contacto con la experiencia según las necesidades del momento.

En esta línea, el cuerpo no se concibe como un espacio que se habita desde fuera, sino como un campo de relación donde organismo y mundo se co-constituyen. “Mi mundo y mi cuerpo están hechos de la misma materia”, nos decía Maurice Merleau-Ponty.

Embodiment podría pensarse, entonces, como una forma de inteligencia silenciosa mediante la cual el sistema vivo organiza su modo de estar en el mundo.

 

Presencia y variabilidad: más allá del ideal de cantidad

En muchas narrativas contemporáneas se asocia el valor con mayor intensidad o cantidad: más conciencia, más profundidad, más presencia.

Sin embargo, desde una mirada somática, la presencia no se entiende como algo que nos aporte o nos reste valor o autoridad moral.

La observación de la experiencia nos lleva a pensar la presencia como una función orgánica que participa de los procesos de regulación de los sistemas vivos.

La atención y la percepción no se mantienen en un único nivel de activación, sino que fluctúan de forma natural, de manera análoga a la respiración o al ritmo cardíaco.

En este sentido, la variabilidad no se interpreta como pérdida de conciencia, sino como expresión de la capacidad adaptativa del organismo.

 

Gradientes de contacto con la experiencia

No es necesario pensar el embodiment en términos de presencia o ausencia.

Una lectura más útil puede ser comprender la experiencia corporal como un continuo de proximidad y distancia respecto a la vivencia.

La percepción puede expandirse o contraerse.

Estas oscilaciones no necesariamente indican fallos de regulación, sino que pueden interpretarse como modos de ajuste de los sistemas vivos frente a distintas condiciones internas y externas.

Desde esta perspectiva, el trabajo somático no se orienta a eliminar la distancia con la experiencia, sino a favorecer la libertad de tránsito entre diferentes grados de contacto con ella.

 

Distancia, protección y producción de sentido

En algunos contextos, la reducción del contacto inmediato con la experiencia puede desempeñar funciones protectoras o facilitadoras del pensamiento.

La disociación, entendida de manera funcional, puede operar como un mecanismo de regulación, preservación de la integridad o elaboración simbólica de la vivencia.

Esta aproximación permite cuestionar la asociación cultural simplificada entre mayor presencia y mayor bienestar.

Más que buscar la maximización del embodiment, se propone ampliar la libertad para moverse entre estados de experiencia con seguridad.

 

Continuidad entre cuerpo y mundo

La experiencia nos acerca a la comprensión del cuerpo no como un objeto separado del entorno, sino como parte de un sistema experiencial continuo.

¿Es posible dirigir la atención hacia el territorio más cercano de la experiencia corporal y, al mismo tiempo, hacia aquello que existe a miles de kilómetros?

Hay momentos en los que la vivencia corporal se presenta claramente enmarcada dentro de los límites de nuestra piel.

En otros momentos, la experiencia se extiende hacia el mundo circundante, diluyendo las fronteras convencionales entre organismo y entorno.

Incluso nos encontramos en situaciones que la mente racional aún no consigue descrifrar.

¿Dónde existimos cuando percibimos aquello físicamente alejado, cuando sentimos en propia carne a quien nos habla al otro lado del teléfono?

Cada percepción ocurre dentro de un campo relacional dinámico.

Lo que percibimos es el diálogo entre todas las partes del sistema en el que estamos inmersas: cuerpos, entornos y vínculos.

Embodiment como práctica de relación 

Decíamos que el embodiment no es un estado que se alcanza ni un ideal que deba mantenerse, sino una forma de relación viva con la experiencia. 

La presencia no se impone, emerge cuando el sistema vivo puede regular libremente su grado de contacto con el mundo.

La atención no necesita permanecer fija. De hecho, puede ser un riesgo.
La función de la atención lleva implícito el moverse, expandirse o contraerse, explorando distintos territorios de la experiencia corporal y del pensamiento.

Tal vez el embodiment no sea otra cosa que permitir esos movimientos: aprender a habitar la experiencia, alejarse y regresar a ella, aceptar que nuestra atención nos lleva también  explorar aquello que aún no hemos vivido.

En ese desplazamiento silencioso entre cercanía y distancia se expresa la inteligencia del sistema vivo, esa forma sutil mediante la cual la vida orienta su propio camino en el mundo.

 

Tere Puig