Empatía visceral vs. cultural: una distinción desde el cuerpo

Desde 2008 investigo dimensiones corporales desde la experiencia somática: visceral, ósea, articular y conectiva, relacionándolas con aspectos psicológicos y culturales.

El trabajo reciente con el grupo del programa Ser cuerpo, que ofrezco regularmente, trajo una nueva comprensión sobre la empatía.

Al explorar la dimensión visceral, muchas experiencias compartidas mostraban empatía expandida y, a la vez, una mayor capacidad de poner límites.

Esto fue revelador. Hasta ahora, los límites no aparecían claramente en la dimensión visceral, sino más en la ósea.

Ver empatía y límite coexistir durante la exploración somática de la dimensión visceral nos llevó a una distinción fundamental: la diferencia entre empatía visceral y la cultural.

El cuerpo no moraliza: la empatía visceral

En el cuerpo no hay moralidad. Las decisiones que emergen desde el cuerpo que somos responden a un solo propósito: mantenernos vivas, seguras y en condiciones óptimas.

La empatía de un bebé es visceral. Cumple exactamente esa función vital.

Cuando somos empáticos desde lo visceral, el límite no viene de afuera. Es parte esencial del sistema.

El cuerpo del bebé —y el nuestro en su núcleo— no absorbe todo. Sabe filtrar.

En un restaurante, por ejemplo, no escuchamos todas las conversaciones. Nos enfocamos solo en quien tenemos delante.

Ese filtro interno es natural. Protege y preserva nuestra energía vital.

El bebé filtra para percibir lo necesario para sobrevivir y desarrollarse. No gasta energía en exceso.

Cuando ese límite interno no está activo, el organismo entra en alerta, se sobrecarga o colapsa. Si comemos sin sentir el límite, podemos indigestarnos. El cuerpo necesita esa señal para regularse.

En esta ocasión, al explorar la dimensión visceral, comprendimos que el límite es un mecanismo de autorregulación inseparable de la empatía. No una barrera ética ni un juicio mental, sino una función biológica.

La empatía cultural: una construcción social

En cambio, la empatía cultural está fuertemente condicionada por normas sociales.

A menudo la asociamos con la bondad, como si sentir con el otro fuera siempre una virtud moral. Pero esta idea responde a una construcción cultural.

Como hemos visto, ser empático en su raíz más corporal no tiene que ver con ser una “buena persona”. Tiene que ver con percibir al otro o al entorno sin perder de vista lo que lo que sostiene el equilibrio interno y lo que no.

Una empatía que cuida: con límite y presencia

Distinguir entre empatía visceral y una cultural nos permite comprender mejor nuestros procesos internos, y dejar de exigirnos responder al mundo desde patrones aprendidos que muchas veces nos alejan de lo que realmente necesitamos.

Esta mirada nacida del cuerpo nos invita a una presencia más auténtica y sostenible: una empatía que incluye el límite como parte natural del cuidado.

 

Espero de corazón que esta reflexión te resulte tan reveladora y reconfortante como lo ha sido para nosotras.

Y que, si aún no lo has hecho, te permitas vivir la experiencia de este viaje exploratorio por el cuerpo que somos —una travesía profunda, sensible y transformadora.

Tere Puig